Hay personas que llegan a nuestras vidas para salvarnos.
Y existen otras… que llegan para incendiarnos.
Nyra creyó durante mucho tiempo que el amor era solo una exageración humana. Una necesidad absurda de sentirse menos solo en un mundo que nunca dejaba de parecerle distante. Hasta que apareció ella. Y después de ella… apareció el diablo.
No llegó para llevarse su alma.
Llegó para observar cómo ardía.
Desde entonces, cada conversación entre ambos se convirtió en un descenso hacia los rincones más oscuros del deseo, la obsesión, la pérdida y el miedo de amar algo capaz de destruirte por completo. Porque hay sentimientos que no traen paz. Llegan para abrir heridas, para derrumbar certezas y para convertir el corazón en un incendio imposible de controlar.
Nyra creyó que podía sobrevivir a las llamas sin cambiar.
Estaba equivocada.
Pero esta historia no trata solamente sobre la destrucción. Trata sobre lo que queda después del derrumbe. Sobre el silencio que permanece cuando el dolor deja de arder. Sobre aprender a existir con las cicatrices de aquello que una vez lo consumió todo.
Porque incluso después de la ruina… Nyra siguió ahí.
Y quizá eso fue lo único que el diablo jamás vio venir.
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